Esta necesidad de
ayor control y legalidad se refleja en
el debate
nacional Sister en torno a la inmigraciói
ningúnn político,
de dei cha o de izquierda, quiere ser visto como blandoen aplicar la
ley. Incluso
los acérrimos partidarios de refermas
liberalizadoras
-medidas que permitieran la entrada de más trabajadores inmigrantes
al país- oestán a favor de reforzar la frontera e inspeccionar
a empleadores que contratan trabajadoresno Sister utorizados. Los analistas
del TWI resumen la situación en esta forma: "Los tradicionales
mensajes progresistas de imparcialidad y justicia carecen de potencia",
alegan. "Duro, justo y práctico" son palabras mucho
más eficaces. Y cuando hablan de "justicia", no se
refieren a ser justos con los inmigrantes, sino, por el contrario, con
los contribuyentes: con personas que, como las mujeres de Texas, sienten
que los inmigrantes son una carga porque utilizan los servicios del
gobierno más de lo que les corresponde.
Con todo, por severo que sea el estado de ánimo, tanto en el público como en Washington, es importante no exagerarlo o confundirlo con lo que no es. No porque los votantes sean duros quiere decir que tengan malas intenciones. Cuando los encuestadores del TWI preguntaron cuál debería ser el objetivo de la política de inmigración, los interrogados pusieron en primer lugar restaurar el "respeto a la ley" (91% de apoyo), y decisivamente en último "castigar a los inmigrantes indocumentados" o tratarlos "como los delincuentes que son" (sólo 18 y 15% de apoyo). De manera similar, al preguntarles cuál prefieren, la legislación aprobada por el Senado en mayo o la iniciativa mucho más severa producida por la Cámara de Representantes en diciembre, pocos estadounidenses optaron por el enfoque punitivo de esta última, que entre otras cosas considera delincuentes a todos los inmigrantes no autorizados. Por ejemplo, una encuesta de NBC/Wall Street Journal realizada en junio encontró que sólo 33% favorecía la iniciativa de la Cámara. Y un sondeo reciente de la revista Time indicó que el apoyo podría ser aún más débil: no más de 25%. Tampoco es necesariamente negativo que el impulso hacia la reforma sea dado por un deseo de legalidad y seguridad. Es necesario que el altruismo y la compasión sean parte de la mezcla, pero sin duda una política basada en un decidido interés propio tiene más probabilidad de perdurar.
Entre tanto, lo más sorprendente en las actitudes del público es cuántos votantes, demócratas y republicanos, captan que cualquier solución eficaz debe incluir una respuesta para los inmigrantes indocumentados que ya están en el país. Como en el caso del grupo de Texas, ésta podría ser, para muchos, una concesión mezquina. Pero también es de sentido común: es difícil ver cómo nosotros, como nación, podemos esperar resolver el problema de la inmigración indocumentada si no atendemos, y mientras no lo hagamos, la cuestión de los 12 millones de inmigrantes indocumentados que ya están aquí. Y sea cual fuere la razón, las encuestas recientes son notablemente consistentes. Según la Encuesta Gallup, Washington Post/ABC News, Time, NBC News/Wall Street Journal, CNN y el Comité Nacional Republicano, además de otros equipos encuestadores, entre dos terceras y tres cuartas partes del público estarían dispuestas a permitir que los inmigrantes no autorizados permanezcan en el país y lleguen a ganar la ciudadanía, siempre y cuando cumplan ciertos requisitos como pagar impuestos atrasados y aprender inglés. La mayoría de los votantes no considera que se trate de una amnistía; por el contrario, para la mayoría es simple pragmatismo: qué mejor forma de reducir la ilegalidad y aumentar a la vez el número de contribuyentes.
LA SARTÉN POR EL MANGO
El problema es el otro 20 o 25% de votantes y, según indica una encuesta tras otra, ése es su número, ni más ni menos. Una encuesta de USA Today en mayo pasado pintaba su retrato en vívido detalle: en su mayoría varones, blancos y sin título universitario, creen que los inmigrantes son malos para la economía, quieren construir un muro a lo largo de la frontera y se oponen de manera terminante a que los indocumentados adquieran la ciudadanía. Sólo aproximadamente la mitad son republicanos, así que, si se da por sentado que más o menos la mitad del electorado vota por ese partido, estos intransigentes constituyen no más de la cuarta parte del partido. Pero muchos políticos republicanos, en particular en la Cámara, están convencidos de que son más intensos -más interesados, más motivados, más inclinados a basar su voto en este solo asunto- que cualquier otra persona que acuda a las urnas en noviembre. Así que han tomado la sartén por el mango en el debate nacional sobre inmigración, al llevar a muchos republicanos a concluir que bloquear la reforma les dará el triunfo político. Por eso los miembros de la Cámara viajan por el país durante el verano, realizan "audiencias" tendientes a impedir que las dos cámaras se unan para poner en vigor una ley en otoño.
Aún no está claro cómo se desarrollará esta cuestión en los meses siguientes. Una posibilidad es una carrera de fondo. Los republicanos intransigentes podrían continuar obstruyendo el avance hacia una iniciativa, y los demócratas desesperados podrían llegar a la conclusión de que deben tratar de rebasarlos por la derecha, basando su campaña, no en la necesidad de una nueva ley, sino en el fracaso del gobierno de Bush en reforzar la frontera. Esto ocurre ya en varios estados donde las contiendas son reñidas, y es concebible que la dinámica obre en ventaja de los republicanos. Pero mucho depende de qué tipo de votantes inclinan verdaderamente las elecciones más cerradas. Si es una base energizada, como esperan los de línea dura, podría ser que prevalezcan los republicanos duros, cabalgando sobre los intensos sentimientos antiinmigrantes de ese 20-25% intransigente del público.
Sin embargo, es igualmente posible que los votantes centristas indecisos sean los que produzcan la diferencia en la mayoría de las contiendas y, en ese caso, alinearse por la derecha en el tema de inmigración podría no ser una estrategia sólida. Si una encuesta reciente encargada por National Public Radio puede servir de guía, los votantes en distritos competidos no se enfocan sobre la inmigración en particular, la cual está muy abajo en la lista de temas que les preocupan. Y conforme al grado en que les interesa, no parece impulsarlos en forma decisiva hacia un lado u otro -hacia candidatos republicanos o demócratas-, salvo quizá en los casos en que se ven repelidos por la violenta retórica antiinmigratoria de un candidato.
Y hay todavía otra forma en la cual la estrategia republicana
podría resultar contraproducente. Una encuesta reciente realizada
para el Manhattan Institute y el National Immigration Forum indica que
algunos votantes, aunque aún son minoría, se inclinan
a castigar al Congreso si no logra atender el tema de la inmigración
antes del día de los comicios. En este momento, según
nuestro sondeo, culpan tanto a demócratas como a republicanos.
Pero eso podría cambiar: la encuesta del TWI ya encuentra desproporción
entre quienes culpan a los republicanos. Y en todo caso, me parece,
los representantes republicanos ya preparan su caída. ¿Cómo
pueden viajar todo el verano por el país, celebrando audiencias
e insistiendo en que la inmigración es el asunto de política
nacional más apremiante que enfrentamos, y luego regresar a Washington
en septiembre y no hacer nada? Se arriesgan a perder no sólo
a los votantes indecisos repelidos por su grandilocuente postura nativista,
sino también a los republicanos más fieles, que sienten
más que nadie que es "muy" o "extremadamente importante"
que el Congreso resuelva la cuestión este año. Incluso
entre personas que no suelen basar su voto en la inmigración,
la falta de acción puede contribuir a un mayor sentido de insatisfacción
con el gobierno federal. Según nuestra encuesta, la mayoría
de los votantes siente que el Congreso no hace "un buen trabajo
para resolver los problemas importantes" para ellos, y en consecuencia
44% podría sencillamente no acudir a las urnas o votar, como
resultado, en contra de su representante.
Pero, sea cual fuere el resultado en tal o cual distrito este otoño,
no puede haber duda en cuanto a la consecuencia a largo plazo del actual
debate: el daño que se hace el Partido Republicano con el bloque
de votantes que crece con mayor velocidad en el país, los hispanos.
Los republicanos de línea dura desdeñan este peligro, a menudo con sorprendente descuido. Algunos aseguran que su partido jamás logrará atraer a los hispanos; que, al igual que los afroestadounidenses, los latinos son inherente e inalterablemente demócratas. Otros no perciben el veneno en su propia retórica; no captan lo profundamente insultante que es, incluso para latinos asimilados que son ambivalentes ante la inmigración. Y otros más tienen la vaga sensación de que algo anda mal, pero se encogen de hombros, tranquilizándose con la idea de que los futuros votantes latinos olvidarán pronto la militante retórica actual. Nada puede estar más lejos de la verdad: los desdeñosos se equivocan en las tres percepciones.